Los nutrientes y la respuesta inmune

Enviado por Maria LLácer el 21/11/2009 a las 11:50 AM
Etiquetas:

Desde la antigüedad se ha reconocido que la dieta ejercía algún tipo de influencia sobre la resistencia a la enfermedad. Sin embargo, el conocimiento de los mecanismos inmunológicos subyacentes y el papel que determinados nutrientes pudieran desempeñar en la respuesta inmune ha sido un hallazgo reciente, por lo que constituye un campo en el que aún queda una amplia investigación por realizar.

Es conocido que los estados de malnutrición generalizada y los déficit puntuales de algunos nutrientes pueden comprometer la respuesta inmune, e incluso que las alteraciones de la inmunocompetencia asociadas a déficit nutricionales suelen contribuir a la aparición y gravedad de determinados estados patológicos.

Son numerosos los trabajos de investigación llevados a cabo dentro de este campo, aunque hemos de interpretar sus resultados con precaución, ya que los experimentos en animales no siempre son extrapolables a la situación humana.

Malnutrición proteicoenergética.

En los cuadros de malnutrición proteicoenergética (MPE) está principalmente alterada la inmunidad mediada por células. En la tabla 1 se recogen las alteraciones de la respuesta inmune descritos en cuadros de malnutrición proteicoenergética.

 Chandra (1983) observó en niños con MPE una disminución del número total de células T circulantes, así como disminución en la proporción entre células T4 colaboradoras y T8 citotóxicas. Por el contrario, las células B productoras de IgA ( Inmunoglobulina A) y las células nulas, con funciones citotóxicas pero sin marcadores T o B, estaban aumentados . En estos niños, el timo es de tamaño más pequeño y de menor uso que en los niños bien nutridos.

Los profundos cambios estructurales en el timo y otros órganos linfoides y su menor tamaño se quedan reflejados en la disminución en número y funcionalidad de los linfocitos T.
Probablemente, el aumento de células nulas se deba en su mayor parte se trata de linfocitos T inmaduros diferenciados de manera incompleta, tal vez a consecuencia de una reducción
la  actividad de la hormona tímica.

Las alteraciones descritas en pacientes malnutridos revierten tras la administración de suplementos nutricionales.

De hecho, se ha propuesto la valoración de la inmunocompetencia (grado de la respuesta inmune) como un buen indicador funcional, de gran sensibilidad en la estimación del estado nutricional.

Los niños de bajo peso al nacer son el único grupo que, tras la suplementación nutricional, continúan mostrando alteraciones en la respuesta inmune.

  Déficit de nutrientes  Cinc.El déficit de cinc puede tener importantes efectos adversos sobre todos los componentes del sistema inmune, con repercusión funcional (tabla Se ha demostrado que los animales de experimentación con déficit de cinc presentaban una mayor susceptibilidad a infecciones bacterianas, víricas y parasitarias.

 Datos epidemiológicos sugieren que el déficit de cinc puede ser el principal motivo subyacente de disfunción inmune en algunas poblaciones (Keen, 1990).

 En situaciones de déficit de cinc, disminuye la respuesta inmune con menor producción de anticuerpos por las células B, apareciendo con mayor frecuencia neumonías, conjuntivitis e infecciones por Candida albicans . Fraker et al. observaron en ratones que, tras la administración de suplementos de cinc, se restablecía la respuesta inmune.

Diversos estudios han constatado alteraciones de la respuesta inmune mediada por células (IMC) en animales con déficit de cinc, manifestándose por alteraciones en la respuesta cutánea de hipersensibilidad retardada.

Después de la administración de suplementos de cinc y la normalización de los valores bioquímicos del nutriente, mejoraba la respuesta inmune.

En pacientes adultos con déficit de cinc se ha observado leucopenia (disminución del número de glóbulos blancos) retraso en la respuesta de las células T , aumento del cociente células T supresoras y colaboradoras, disminución de la citotoxicidad de las células agresoras naturales (NK) y aumento de la citotoxicidad de los macrófagos.

Probablemente el cinc desempeñe un papel importante en la producción, liberación y acción de las citocinas, así como en la actividad proteincinasa en la membrana de los linfocitos. También se ha postulado que el cinc podría ser un factor crítico en la activación/desactivación de los genes inmunorreguladores (Keen, 1990).

Hierro.

Los resultados de estudios realizados en niños con anemia ferropénica (anemia por falta del mineral de hierro) ponen de manifiesto una disminución del recuento de linfocitos y en la respuesta de hipersensibilidad retardada. También se aprecia un descenso en la actividad quimiotáctica de los neutrófilos y en su capacidad bactericida, aspectos que se restablecen tras la suplementación con hierro (Baynes y Bothwell, 1990).

Los efectos sobre la respuesta humoral sugieren que la producción de anticuerpos frente a antígenos específicos puede no estar alterada. Por el contrario, en situaciones de déficit de hierro se deteriora la inmunidad mediada por células, se produce un descenso en la transformación de linfocitos y menor respuesta de hipersensibilidad retardada.

Como contrapartida, se han descrito alteraciones de la respuesta inmune en situaciones de sobrecarga de hierro. El incremento en los aportes de hierro a partir de la dieta o por medio de suplementos puede activar en algunos individuos infecciones bacterianas latentes.

Cobre.

Diversos estudios han puesto de manifiesto que el déficit de cobre deprime la respuesta inmune, aunque no se conoce en profundidad el papel desempeñado por este nutriente (tabla 3).

Por otra parte, la suplementación con cobre de la dieta de animales con riesgo de déficit parece potenciar la respuesta inmune.

Selenio.

El déficit de selenio induce una disminución de la respuesta humoral y mediada por células. Es un elemento necesario para la síntesis de leucotrienos y actúa como cofactor de la glutationperoxidasa, enzima que protege la función fagocitaria de los neutrófilos. Se ha comprobado en experimentos en animales que una dieta pobre en selenio reduce la función defensora de los neutrófilos y que también afecta a la formación de anticuerpos.

Al igual que ocurre con otros nutrientes, la administración de suplementos de selenio permite restablecer la respuesta inmune.

Vitamina E.

El déficit combinado de vitamina E y selenio produce alteraciones de la respuesta inmune humoral y celular.

En estudios experimentales, la administración de suplementos de vitamina E parece estimular la respuesta inmune, aunque es necesario conocer con mayor profundidad su papel en la respuesta inmune, como factor antioxidante y regulador de los eicosanoides y linfocinas (Sherman y Hallquist, 1991).

Vitamina A.

Parece que los carotenoides (precursores de la vitamina A) participan en la respuesta inmune por mecanismos diferentes a los de la vitamina A, Distintos trabajos sugieren que los carotenos podrían ser eficaces en la inmunidad contra los tumores. El déficit de vitamina A reduce la respuesta de anticuerpos. Por el contrario, la administración de suplementos favorece la respuesta proliferativa y citotóxica de las células T, células NK y macrófagos.


Vitamina C.

En experimentos en animales se ha comprobado que el déficit de vitamina C no altera la respuesta frente a mitógenos de las células T, ni modifica la proporción células T colaboradoras/células T supresoras. No se han constatado modificaciones en la respuesta humoral tras la administración de suplementos de vitamina C, pero sí de la respuesta mediada por células, favoreciendo la reacción de las células defensoras.

 Otras vitaminas.

Desde las primeras investigaciones en animales encaminadas a un mejor conocimiento de la relación nutrición-inmunidad, se subrayó la importancia de la piridoxina, el ácido pantoténico, ácido fólico y algunos aminoácidos como el triptófano o la metionina. En situaciones deficitarias de estos nutrientes se han observado disminuciones cuantitativas en los anticuerpos formados y diferencias cualitativas referentes al tipo de anticuerpos (Axelrod, 1987).

En los últimos años se ha producido un gran avance en la investigación de las relaciones inmunidad-nutrición, pero aún quedan sin respuesta cuestiones apasionantes. Algunas repercusiones importantes desde un punto de vista práctico son el empleo de pruebas inmunológicas como indicadores funcionales del estado nutricional o la detección de situaciones favorecedoras de una mayor susceptibilidad a las infecciones. Por otro lado, es de esperar que un estado nutricional adecuado en las personas mayores potencie su respuesta mmunológica. Igualmente, la respuesta a los procedimientos de vacunación convencionales podría estar condicionada por la situación nutricional.

Los resultados de algunos trabajos sugieren que deben administrarse con precaución suplementos de algunos elementos, como el cinc o el hierro, cuya ingesta excesiva parece comprometer también laInmunocompetencia (Chandra, 1984).

¿Como fortalecer nuestro sistema inmunológico?

Durante ciertas épocas del año bajamos la guardia y modificamos nuestras rutinas: cambiamos los horarios de las comidas, los horarios de sueño, etc. Este tipo de conductas ponen a prueba a nuestros mecanismos defensivos, comprometiendo con ello nuestro estado de salud. Por otro lado, el medio ambiente supone un continuo desafío para nuestras defensas: la contaminación, los químicos tóxicos, bacterias, virus y hongos añaden estrés al sistema inmunológico.

Muchos son los factores que pueden alterar nuestras defensas; unos no dependerán de nosotros, puesto que son factores internos (enfermedades autoinmunes, cambios estacionales, edades extremas de la vida…), pero existen otros factores externos sobre los cuales sí podemos actuar. Seguro que entre los siguientes ejemplos todos reconocemos al menos un par de enemigos del sistema inmunológico presentes en nuestra vida cotidiana: una alimentación desequilibrada, el humo del tabaco, la cafeína, la contaminación ambiental, el estrés, el sedentarismo, el exceso de ejercicio físico, provocan que nuestro organismo y sistema inmunológico se debilite, facilitando el contagio de infecciones (catarros, gripes, cistitis, etc.) y una mayor duración de las mismas.

La alimentación es un factor muy importante para el sistema inmunológico. Si es inadecuada o insuficiente se produce una caída de las defensas; si es equilibrada, las mantiene en forma o las fortalece.

¿Cuándo debemos sospechar que nuestras defensas están bajas?

Hay síntomas que nos pueden dar pistas, como pupas en los labios, cansancio” mayor de lo habitual”, heridas que tardan en cicatrizar, dolores musculares sin haber practicado ejercicio y fragilidad del cabello.

El final de las vacaciones estivales es un buen momento para ayudar a nuestro sistema inmunológico a hacer frente a los agentes patógenos que lo atacan. Unas buenas estrategias para aumentar la inmunidad natural las encontramos en la alimentación y el ejercicio físico.

La alimentación es un factor muy importante para el sistema inmunológico. Existe una relación directa entre ambos, ya que si ésta es inadecuada o insuficiente se produce una caída de las defensas, y por el contrario, si es equilibrada y completa, ayuda a mantenerlas en forma o incluso las fortalece.

Siguiendo unos consejos alimentarios sencillos nos cargaremos de energía para afrontar la vuelta al trabajo, y en el caso de los niños, la vuelta al colegio. No olvidemos que hay que comer de todo: una dieta variada con una proporción adecuada de todos los nutrientes (grasas, hidratos de carbono, proteínas, vitaminas, minerales) nos garantiza un equilibrio interno que a la vez sirve como escudo protector.

Las dietas ricas en grasas reducen la respuesta inmunológica; no obstante, no es sólo una cuestión de cantidad, ya que la procedencia de las grasas que introducimos en nuestra dieta también es importante. Conviene incluir grasas monoinsaturadas, presentes en el pescado azul, frutos secos, aceite de oliva, girasol o soja. Consumir regularmente productos lácteos fermentados (yogur, kefir) contribuye a aumentar las defensas.

Además de estas recomendaciones, existen unos nutrientes directamente relacionados con el sistema inmunológico:

Vitamina C: reduce la duración y la severidad de las gripes y resfriados. La encontramos en frutas, verduras y hortalizas, como las fresas, el kiwi, cítricos, melón, pimiento, tomate y col.

Vitamina A: contribuye a mantener las barreras naturales contra las infecciones (mucosas). La encontramos en hígado, mantequilla, nata, huevos, lácteos y algunas frutas como el albaricoque, cerezas, melón y melocotón.

Vitamina E: aumenta la respuesta inmunológica. Presente en aceite de germen de trigo, de soja, cereales (pan, arroz, pasta integral…), aceite de oliva, vegetales de hoja verde y frutos secos.

Otras vitaminas: tienen especial importancia las vitaminas del grupo B; tanto los alimentos de origen vegetal como animal son ricos en ella: carne, vísceras, pescado, marisco, huevos, cereales, legumbres, frutas, verduras de hoja verde...

Hierro: hígado, carne (especialmente la de caballo), pescado y huevos.

Zinc y selenio: presentes en casi todos los grupos de alimentos.

Otro de los pilares fundamentales para el buen funcionamiento de nuestras defensas es la práctica regular de ejercicio físico.

En general, es preferible practicar algún tipo de ejercicio aeróbico, que permita mover muchas partes del cuerpo a la vez, como nadar o montar en bicicleta. La intensidad del ejercicio ha de ser moderada, esforzarse hasta perder el aliento nunca es recomendable.

Evita el sobreesfuerzo. Si no estás acostumbrado a hacer ejercicio, debes empezar a practicarlo con moderación, adaptándolo a tu condición física y edad. Progresivamente podrás ir aumentando la intensidad del ejercicio físico, pero siempre evitando cansarte demasiado.

No debemos olvidar otros dos factores importantes: el descanso nocturno, respetando el tiempo del sueño (entre 6 y 8 horas), ya que algunas de las células de las defensas se producen durante el descanso; y el cuidado de nuestra piel, la barrera física que mantiene a raya las infecciones 

Durante ciertas épocas del año bajamos la guardia y modificamos nuestras rutinas: cambiamos los horarios de las comidas, los horarios de sueño, etc. Este tipo de conductas ponen a prueba a nuestros mecanismos defensivos, comprometiendo con ello nuestro estado de salud. Por otro lado, el medio ambiente supone un continuo desafío para nuestras defensas: la contaminación, los químicos tóxicos, bacterias, virus y hongos añaden estrés al sistema inmunológico.

Muchos son los factores que pueden alterar nuestras defensas; unos no dependerán de nosotros, puesto que son factores internos (enfermedades autoinmunes, cambios estacionales, edades extremas de la vida…), pero existen otros factores externos sobre los cuales sí podemos actuar. Seguro que entre los siguientes ejemplos todos reconocemos al menos un par de enemigos del sistema inmunológico presentes en nuestra vida cotidiana: una alimentación desequilibrada, el humo del tabaco, la cafeína, la contaminación ambiental, el estrés, el sedentarismo, el exceso de ejercicio físico, provocan que nuestro organismo y sistema inmunológico se debilite, facilitando el contagio de infecciones (catarros, gripes, cistitis, etc.) y una mayor duración de las mismas.

La alimentación es un factor muy importante para el sistema inmunológico. Si es inadecuada o insuficiente se produce una caída de las defensas; si es equilibrada, las mantiene en forma o las fortalece.

¿Cuándo debemos sospechar que nuestras defensas están bajas?

Hay síntomas que nos pueden dar pistas, como pupas en los labios, cansancio” mayor de lo habitual”, heridas que tardan en cicatrizar, dolores musculares sin haber practicado ejercicio y fragilidad del cabello.

El final de las vacaciones estivales es un buen momento para ayudar a nuestro sistema inmunológico a hacer frente a los agentes patógenos que lo atacan. Unas buenas estrategias para aumentar la inmunidad natural las encontramos en la alimentación y el ejercicio físico.

La alimentación es un factor muy importante para el sistema inmunológico.

 

Existe una relación directa entre ambos, ya que si ésta es inadecuada o insuficiente se produce una caída de las defensas, y por el contrario, si es equilibrada y completa, ayuda a mantenerlas en forma o incluso las fortalece.

Siguiendo unos consejos alimentarios sencillos nos cargaremos de energía para afrontar la vuelta al trabajo, y en el caso de los niños, la vuelta al colegio. No olvidemos que hay que comer de todo: una dieta variada con una proporción adecuada de todos los nutrientes (grasas, hidratos de carbono, proteínas, vitaminas, minerales) nos garantiza un equilibrio interno que a la vez sirve como escudo protector.

Las dietas ricas en grasas reducen la respuesta inmunológica; no obstante, no es sólo una cuestión de cantidad, ya que la procedencia de las grasas que introducimos en nuestra dieta también es importante. Conviene incluir grasas monoinsaturadas, presentes en el pescado azul, frutos secos, aceite de oliva, girasol o soja. Consumir regularmente productos lácteos fermentados (yogur, kefir) contribuye a aumentar las defensas.

Además de estas recomendaciones, existen unos nutrientes directamente relacionados con el sistema inmunológico:

 Vitamina C: reduce la duración y la severidad de las gripes y resfriados. La encontramos en frutas, verduras y hortalizas, como las fresas, el kiwi, cítricos, melón, pimiento, tomate y col.

 Vitamina A: contribuye a mantener las barreras naturales contra las infecciones (mucosas). La encontramos en hígado, mantequilla, nata, huevos, lácteos y algunas frutas como el albaricoque, cerezas, melón y melocotón.

 Vitamina E: aumenta la respuesta inmunológica. Presente en aceite de germen de trigo, de soja, cereales (pan, arroz, pasta integral…), aceite de oliva, vegetales de hoja verde y frutos secos.

 Otras vitaminas: tienen especial importancia las vitaminas del grupo B; tanto los alimentos de origen vegetal como animal son ricos en ella: carne, vísceras, pescado, marisco, huevos, cereales, legumbres, frutas, verduras de hoja verde...

 Hierro: hígado, carne (especialmente la de caballo), pescado y huevos.

 Zinc y selenio: presentes en casi todos los grupos de alimentos.

Otro de los pilares fundamentales para el buen funcionamiento de nuestras defensas es la práctica regular de ejercicio físico.

En general, es preferible practicar algún tipo de ejercicio aeróbico, que permita mover muchas partes del cuerpo a la vez, como nadar o montar en bicicleta. La intensidad del ejercicio ha de ser moderada, esforzarse hasta perder el aliento nunca es recomendable.

Evita el sobreesfuerzo. Si no estás acostumbrado a hacer ejercicio, debes empezar a practicarlo con moderación, adaptándolo a tu condición física y edad. Progresivamente podrás ir aumentando la intensidad del ejercicio físico, pero siempre evitando cansarte demasiado.

No debemos olvidar otros dos factores importantes: el descanso nocturno, respetando el tiempo del sueño (entre 6 y 8 horas), ya que algunas de las células de las defensas se producen durante el descanso; y el cuidado de nuestra piel, la barrera física que mantiene a raya las infecciones

Publicidad por Bligoo.com





Suscribirse a los comentarios de este artículo en RSS